El equipo

La suma de esfuerzos nos eleva a una épica que sólo se vive desde dentro. Cada pisada supone un impulso inmenso para el todo, esa causa que nos mueve cada mañana, cada tarde, cada día hasta más tarde. Si nos fuera porque estamos convencidos, a saber de qué, nada merecería la pena. O tal vez sí, porque hay una satisfacción inmensa en concluir que todo funciona como si fuésemos uno, como un equipo. Si viajamos casi siempre torpes guiándonos por las estrellas, si nos falta ver la luz con claridad absoluta, al menos, tener la certeza de que remamos todos juntos.

Amaya Díaz-Emparanza

Foto: Amaya Díaz-Emparanza

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El retorno

Resulta tan difícil volver a empezar, dar de nuevo ese primer paso, que sólo a veces se impone una cierta desazón, la certeza de que la tarea nunca estará acabada del todo. Lo único que nos quedará entonces será saber que a nuestro lado estarán los mejores. Hoy hemos empezado la campaña y Amaya nos ha regalado esta foto.

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Foto: Amaya Díaz-Emparanza

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Fútbol, barricadas y sexo

El periodismo exige mucho, por eso los profesionales de ello se inventan universos paralelos, no para fugarse, sino para que los habiten los espectadores. De esta forma, justifican el sueldo. Las semifinales del Mundial de fútbol dan vueltas sobre dos asuntos: el enfrentamiento América-Europa y la presión sobre las grandes estrellas. Como aficionado, ambas las dos me traen sin cuidado. No hay ningún patrón, ni interés en esta competencia intercontinental. Argentina venció a Suiza, Bélgica a Estados Unidos, Costa Rica se impuso al límite a Grecia y Holanda, a los amigos mejicanos, cuando todos celebrábamos lo contrario. Qué decepción, hasta el rabo, todo es toro. Y ¡qué pesadez! A mí, que siempre me ha costado militar en algo y me obligan ahora a ser de Europa. Me siento como David Cameron, euroescepticofutbolero. Oiga, que esto no es golf, ni se juega la Ryder Cup. Y, además, pobres africanos.

Lo de la presión, tiene otras connotaciones. Yo entiendo que Neymar se sienta un poco incómodo si le cuentan que con Brasil eliminado a las primeras de cambio igual sus compatriotas pobres tiran por la calle de en medio y mandan el Mundial a la bahía y levantan barricadas en la calle. Pero hombre, ahora ya no pasa nada, que para cuando se quieran organizar y pedir la cabeza de alguno, ya se acabó la competición y todos para casa, que la temporada ha sido muy larga. En un Mundial, casi no se habla de fútbol. Así nos va. Lo que más vende es hablar de sexo. Los profesionales de Rusia, Chile, Bosnia y México tenían prohibido practicar sexo con personal ajeno al equipo. Y entre ellos, supongo. Todas las selecciones que aplicaron restricciones sexuales para lograr un mejor rendimiento y una mayor concentración están en casa. Los brasileños sólo tienen vetadas las posturas acrobáticas… y hacer balconing, supongo. Ahora me explico lo de España. No queremos líos, todos a casa y que cada uno pase el verano como pueda. Lo de menos eran las primas.

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El Caníbal

Luis Suárez, la matáfora del hambre de fútbol hecha carne. (Foto: Wkipedia)

Luis Suárez, la matáfora del hambre de fútbol hecha carne. (Foto: Wikipedia)

Me gusta imaginar el cerebro humano como una compleja maquinaria mecánica, con sus ruedecillas de dientes y sus pequeños tornillos, algo parecido a las entrañas de un reloj suizo de esos que antes sólo se compraban una vez en la vida si la suerte te sonreía. Con esta imagen de pequeñas piezas de metal, me ahorro pensar en los procesos químicos que dicen que rigen la actividad cerebral y en aquellos sesos que un vecino matarife regalaba mi madre en mi niñez y que comíamos rebozados con riesgo de contraer una encefalopatía espongiforme. La enfermedad de las vacas locas podría explicarlo, pero a mí me encaja más que lo de Luis Suárez se debe a una tuerca suelta. Hay muchos comportamientos infantiles en el fútbol, pero lo de morder al adversario es lo más y si lo repites ya de mayor, tiende a patología. Que conste que Luis Suárez me parece un prodigio futbolístico y que la eliminación de Italia del Mundial me ha provocado una sonrisa; ahora bien, lo de andar a dentelladas, lo de salir a merendárnoslos era una metáfora, amigo. Las explicaciones son de medalla olímpica. “El me pechó con el hombro de él, así me quedó a mí el ojo también”. Ah, claro.

Tiene más mérito Richard Helmersen, un noruego, que obviando las bajas temperaturas apostó 12 euros (al cambio, porque allá pasan de la moneda única) a que Luis Suárez volvía a morder en Brasil. Gracias a que El Caníbal nunca defrauda, ha ganado 673 euros (en coronas) y el reconocimiento de su comunidad. Se puede pensar que Helmersen apostaba sobre seguro, porque Suárez es reincidente y ya lo hizo con la camiseta del Ajax en 2010 y con la del Liverpool en 2013. Pero, si tan claro se veía, ¿por qué no hemos apostado todos unos miles de euros? Leo en el digital de El Correo que una septuagenaria ha asesinado a su marido y ha cocinado sus genitales. Ha sucedido en Francia y se me pasan por la cabeza tantas malas ideas que mejor lo dejo para otro momento. No debo olvidar que, a fin de cuentas, es una historia triste. Mejor tener la boca cerrada.

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¿Qué Mundial? No sé de qué me habla.

Ahora el Mundial nos importa un pimiento. Lo de Chile nos ha desconectado. Asistimos como espectadores a estos acontecimientos con un egoísmo propio de nuestro tiempo. ¿A santo de qué viene malgastar nuestra vida contemplando el disfrute de otros? Por lo que a España y a su afición respecta, como si suspenden el campeonato, dan la razón a los movimientos de protesta, dedican la pasta pendiente de gastar a educación y le dan el trofeo a Brasil, que acabará ganándolo. Si hay dudas, al tiempo… y al árbitro. ¿Qué Mundial? Menos mal que el desastre ha alcanzado tal dimensión que no da ni para un profundo/estúpido debate sobre la idoneidad del sistema, la elección de los jugadores, la valentía del seleccionador, la oportunidad de entrenar con frío o la dureza de la competición doméstica. Siete goles en contra y uno a favor (de penalti, tal vez injusto). Espectáculo bochornoso en cadena de las grandes figuras mundiales… Así se hace, contundente respuesta y los debates, para la política. O, mejor aún, para la sucesión de Rubalcaba. En el fútbol de España estamos todos de acuerdo: Una m… y a otra cosa mariposa. Como en el anuncio que Mahou tenía preparado por si pasaba lo que pasó. Gente previsora, aunque haya provocado más de un mosqueo.

Luego, avanzará la competición y nos haremos, aunque sea en secreto, de algún equipo. De Argentina, porque son guerreros; de Holanda, porque nos pintaron la cara; de Alemania, porque saben a lo que juegan; de México, ala bin ala ban, ala bin bon ban… Y de Brasil, si queremos que ganen los nuestros. Y, luego, una final que se olvidará. Yo ya no tengo cabeza para acordarme, como lo hice durante años, de aquella final Holanda-Alemania del 74, que se me quedó grabada una noche en el bar Amaya de Bilbao, con mi tío Iñaki. Fue una extraña reunión familiar y, de fondo Neeskens, Cruyff, Beckenbauer y Müller en aquella tele en color colocada tan alta que te dolía la cabeza a los dos minutos.

Las citas históricas ya no son lo que eran. Veo al nuevo rey, Felipe VI, y a su señora y ya no siento ningún escalofrío. Ya nunca más desde que vi estrellarse los dos aviones contra las torres gemelas aquel 11-S, en una televisión en blanco y negro, porque todavía no habíamos acabado la mudanza. Reyes, Papas, lehendakaris, camareros, compañeros de trabajo, becarias, presidentes de la comunidad de vecinos… Hace unos años, me sabía los dos apellidos de todos los parlamentarios vascos. A estas alturas, me confundo cuando me preguntan mi edad en las revisiones médicas. Ya no pongo atención, como La Roja. Así nos va.

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Farra holandesa

En Madurodan (Países bajos), una maqueta recuerda el partido de la final del Mundial de Sudáfrica. Los holandeses pueden añadir ahora otro minicampo de fútbol con la gesta del 1-5. (Foto: Torres)

En Madurodam (Países Bajos), una maqueta recuerda el partido de la final del Mundial de Sudáfrica. Los holandeses pueden añadir ahora otra con la gesta del 1-5. (Foto: Torres)

En el patio del colegio, las normas eran otras y lo mismo que unos días estaba prohibido tirar fuerte, otros se imponía el clásico “A la de tres penalti”, que pretendía agilizar el juego y evitar que se repitieran los saques de esquina. Los primeros son de prueba, debió pensar el colombiano Wilmar Roldán, que arbitraba el México-Camerún y no dio por legal un gol hasta que Dos Santos y los suyos marcaron tres. Como propina se comió una pena máxima, que dicen los rebuscados. Y todo ello con no sé cuántas cámaras en el campo para comprobar que el balón entra en la portería. Más tecnología hace falta y más vista, claro. De no ser por la manita que se llevo España en su simulacro de partido con Holanda, los árbitros seguirían en lo más alto del protagonismo mundial. Ya estoy deseando ver otro partido de Brasil para ver cómo se lo montan. Entretanto, entretiene ver el efecto de los trasnoches holandeses. Se van de farra, vuelven a las once de la mañana y corren como demonios. Es que España está mayor. Ah, pues Robben y Snaider y De Jong y Van Percie también andaban hace cuatro años (y algunos más) por esos campos del mundo. Hay que salir más, divertirse, pensar menos en las primas.

En España, después de meses pendientes de la prima de riesgo, ahora no se acuerda nadie de aquello. Para pagar aquellos intereses nos recortaron el sueldo, la paga de Navidad, la pensión, la cuenta de publicidad y hasta la carrera profesional. Y ya se nos ha olvidado. Así no vamos a ningún lado. Hay que aprender de Holanda, que todavía tienen muy presente que los españoles les echaron de Salvador de Bahía en 1625, en una batalla que les costó un mes de asedio. Entonces íbamos con los portugueses, pero era la infantería española la que cortaba el bacalao. No fue una broma, fue la expedición transoceánica de más enjundia hasta esa fecha y estaba pensada ex profeso para zumbar a los naranjas. Los Países Bajos se independizaron después de la Guerra de los Ochenta Años (1566-1648) y aunque ganaron, les quedó un resquemor con Felipe II y el duque de Alba que sólo se les pasa cuando se suben a la caravana y se vienen a pasar las vacaciones al Mediterráneo. Son buena gente, pero échales un galgo cuando llevan el balón en los pies, aunque les guíe un señor tan pesado como Van Gaal y les haga jugar con cinco defensas.

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