La Guardia Civil y las olas

Hay dos maneras de afrontar que una ola traidora te empape la toalla cuando estás tumbado en la playa, con el disimulo de una dignidad herida y a voz en grito, echando la culpa a los de siempre en plan italiano: “Piove, porco Governo”. Explicar las mareas resulta sencillo con esa tesis de la atracción lunar, pero luego sobre el terreno se mojan el periódico, las zapatillas, el sombrero de paja, la camisa, aquel capazo tan mono y hasta el móvil. “Coge al niño”, es el grito que nos habla del dramatismo del momento. Es la ola que nos invade.

En los ministerios hay personas, mano sobre mano, que están pensado cómo hacer olas. Son fontaneros desocupados, asesores, subsecretarios y una prima colocada por el partido. Ellos se encargan de entretenernos y tienen ideas como esa orden ministerial (suena a Franco) que prohíbe terminantemente al personal disfrazarse de guardia civil, incluso en carnaval. Ya está liada y más en estas fechas, con los disfraces casi listos en el armario. Para ser justos, hay que explicar que la orden regula la utilización del uniforme, no su uso en las carnestolendas, y sorprende que hasta la fecha un cuerpo creado en 1844 no cuente con un texto que ordene lo de la vestimenta, que seguro que lo había, digo yo, aunque fuera de otro rango.

La producción legislativa es amplia (Ley Orgánica 11/2007, de 22 de octubre, reguladora de los derechos y deberes de los miembros de la Guardia Civil; Ley Orgánica 2/1986, de 13 de marzo, de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad; Ley 42/1999, de 25 de noviembre, de Régimen del Personal del Cuerpo de la Guardia Civil; Real Decreto 96/2009, de 6 de febrero, que aprueba las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas; Real Decreto 1040/2003, de 1 de agosto, por el que se aprueba el Reglamento general de recompensas militares). Pero se ve que lo del uniforme estaba pendiente.

La ola, provocada vaya usted a saber con qué intención, llega en el artículo 7 con la prohibición de vestir el uniforme oficial fuera de lo previsto y, más aún, con la interpretación que se hace de ella en algunos medios, porque luego el Ministerio de nuestro admirado (por varias razones) Jorge Fernández Díaz ha explicado que la restricción afecta a lo oficial-oficial y que se puede ir de Guardia Civil, lo mismo que de enfermera o de cirujano, pero de mentiras. Vamos que nada de poner multas, ni hacer cacheos, ni operar apendicitis en la barra del bar. Acabáramos. La fiesta está a salvo.

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Acerca de Óscar Torres

Suceso, casualidad, oportunidad, problema... Son tantas las acepciones de caso, que me vienen todas bien. Éste es 'El caso Torres', al estilo de las mejores novelas negras. Mi caso o ni caso, según convenga al visitante.
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