Chalecos reflectantes

Una agente de Carabineros, en Chile.

Una agente de Carabineros, en Chile.

Saber quién manda aquí resulta muy útil allá donde vayas. Para ello, la autoridad se ha valido de algunas convenciones que todos hemos ido dando por buenas. Ahí están los uniformes de las distintas policías. Se te acerca un agente, aunque sea para pedir un café cortado en un bar, y tú te quedas mirando esa camisa, ese escudo en el pecho o en una manga, esos galones… No hace falta que te fijes en la pistola, algo ya definitivo. La apariencia lo es todo. Por eso nunca he entendido por qué los mandatarios israelíes se rodean de personal de seguridad armado hasta los dientes pero en mangas de camisa, si acaso, con un chaleco táctico color caqui.

Cuando era un niño, la autoridad se demostraba con una boina en la cabeza. Todavía hay campos de fútbol con unos señores que controlan el acceso y llevan boina, una txapela, decimos por estos lares, que suele ser roja para más diferencia. Las boinas dieron lugar a una metonimia. “Cuidado, que viene el boina, no hagas el bobo”, nos advertíamos. Con los años, he conocido a muchos boinas en muchos campos de fútbol de categorías algo alejadas de la Champions League. Allí demostrar que eras un modesto periodista y que no habías pagado entrada porque estabas trabajando costaba Dios y ayuda.

Ahora el chaleco reflectante ha sustituido a la txapela. Pones a un señor con uno de esos chalecos a controlar el tráfico en un mercado de productos ecológicos y corres el peligro de provocar una guerra civil. La gente no sabe administrar la autoridad. “Me han dicho que no pase nadie y no pasa nadie”. “Oiga, pero es que yo vivo en esa casa”. “Pues se muda una temporada”. Y no te digo nada si hablamos de porteros de discoteca.

La seguridad es muy cara. Y la seguridad con policías es mucho más cara. Una promoción de la Ertzaintza, con unos 250 agentes autonómicos, te puede salir por más de 12 millones de euros al año, sólo en coste salarial. La economía, entre otras razones, explica que la policía pagada por todos haya ido cediendo espacio en muchos ámbitos a la seguridad privada para crear una desigualdad más. La seguridad privada, que es más barata, vigila las urbanizaciones, los clubes deportivos, los edificios de empresas, los supermercados, los campos de fútbol, los centros comerciales, las tiendas de Zara… Es lógico que el interesado se pague su seguridad si no quiere que le roben las camisas que vende, pero lo es menos que una Ley, como la que se elabora en el Parlamento español,  pretenda conceder a un guardia de seguridad la autoridad para patrullar la calle, identificarme, registrarme y retenerme.

Alguna vez he coincidido con un guardia civil en un control de carretera de esos que monta mi amigo Carlos Urquijo: dos metros cubiertos con una boina verde, escudo, chaleco reflectante y un fusil Heckler & Koch G36K en las manos. Y me he sentido más seguro que en la puerta del Simply, donde Antonio se sube los pantalones y mueve la mano despacio, como acariciando la culata del revólver.

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Acerca de Óscar Torres

Suceso, casualidad, oportunidad, problema... Son tantas las acepciones de caso, que me vienen todas bien. Éste es 'El caso Torres', al estilo de las mejores novelas negras. Mi caso o ni caso, según convenga al visitante.
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