La cosa nostra

La publicidad recurre con frecuencia a las sentencias rotundas para evitar que se cuestione el mensaje. Del viralizado hasta el extremo “Si bebes, no conduzcas” de Steve Wonder  al “Yo no soy tonto” de la cadena de marras, la contundencia se ha utilizado como un arma poderosa para la transmisión de ideas, buenas o malas. Muchas producciones de Leo Burnett Company , que hoy es un conglomerado de agencias nacido de la empresa original fundada por el famoso publicista, son un ejemplo representativo de la necesidad de lanzar un contenido que no admita réplica. Una de las últimas es una campaña de la sección londinense contra el alcohol al volante que hiela la sangre.

Todos somos más o menos conscientes de los peligros de la conducción, pero la dramatización que propone el anuncio al simular un atropello y una cámara oculta nos coloca ante la realidad. Ayer, la Generalitat Valenciana utilizó esta táctica para cerrar la televisión autonómica. No hay posibilidad de réplica: el PP despacha el problema de Canal Nou con un cerrojazo porque ha acumulado millones de pérdidas (1.700 es la última cifra), los tribunales de Justicia no van a permitir los despidos previstos para adelgazar la plantilla  y el dinero debe destinarse a otros fines.

“La nostra”. Éste era el lema de la televisión valenciana. La “cosa nostra”, debió pensar alguno. Es curioso que se cierre un medio público confesando la propia incapacidad para gestionarlo. La continuidad de gobiernos populares en estas tierras impide, por una vez, que tenga la culpa Zapatero. El editorial de un periódico amigo llega hoy al extremo, elogia la valentía del virrey autonómico, recuerda que el PP prometió privatizar las cadenas autonómicas y apunta que con una pequeña subvención a una empresa privada bastaría para arreglar el entuerto y hacer lo que hacen ahora cientos de profesionales. ¿Incontestable?

La mayoría mantiene que las televisiones autonómicas son un ejemplo de mala administración y utilización partidista de los recursos públicos cuando no un feudo parasindical, además de un pozo sin fondo del que se lucran las productoras afines. Este diagnóstico podría extenderse a un buen número de cadenas nacionales, públicas y privadas, de un lado a otro del mundo, de Argentina a Rusia, siempre manoseadas por el poder político.

¿Es posible y sostenible una televisión pública al servicio de la ciudadanía, de su cultura, de su lengua, que responda al derecho del administrado a estar bien informado? Hasta ahora la respuesta nos lleva a un diálogo de sordos:  ”Muerto el perro, se acabó la rabia”. O, tal vez, la realidad sea tan contundente que necesitemos estrellarnos contra el espejo.

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Acerca de Óscar Torres

Suceso, casualidad, oportunidad, problema... Son tantas las acepciones de caso, que me vienen todas bien. Éste es 'El caso Torres', al estilo de las mejores novelas negras. Mi caso o ni caso, según convenga al visitante.
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