Candidato Bill de Blasio

La Estatua de la Libertad, en un mal momento.

La Estatua de la Libertad, en un mal momento.

La biografía y la imagen pública del futuro alcalde de Nueva York podrían formar parte del delirio nocturno de un director de campaña  o del argumento central de una novela de Tom Wolfe. El demócrata Bill de Blasio va a ganar las elecciones porque se ha labrado una sólida reputación haciendo política en su ciudad y vaya usted a saber si porque tiene una mujer negra y dos hijos negros o porque mide dos metros o porque ha defendido durante años que hay que luchar por reducir las desigualdades entre ricos y pobres. De Blasio ha batallado por los derechos de las minorías, de los vecinos con sida y de las parejas de hecho, ha trabajado en Centroamérica, ha apoyado al sandinismo y hasta se fue de luna miel a La Habana, como hice yo, por cierto, dos años después.

Demasiado bonito para ser verdad. Me temo que llegará la contrainformación para echar abajo lo que para mí ya es un mito, un mito nacido hace unas horas, pero un mito que si de mí dependiera podría optar a la presidencia de Estados Unidos e, incluso, a la Lehendakaritza. Sería como un sueño, un presidente vasco nieto de inmigrantes alemanes e italianos, nacido en Manhattan y criado en Massachusetts, casado con una feminista seis años mayor que él, que habla inglés (y español), y que cree en la intervención del Estado.

Aquí no podrá ser, no nos engañemos. Todavía tenemos que oír insultos que dan ganas de exilarse a Nueva York, o a cualquier otro lado. “Gallego, vete a tu tierra”, leí ayer. No me extraña que el Gobierno de España haya decidido colocar cuchillas en las alambradas de Melilla. Ya oigo los aplausos de esa parte de la población que prefiere dejarse llevar por el odio o por el miedo. No hay una respuesta razonable de la vieja y rica Europa (sí, rica) a la inmigración.

No se trata de alentar los movimientos migratorios motivados por el hambre o la guerra que conducen a la marginación y la pobreza a este lado, ni de negar el derecho a la seguridad de los propios. Pero no hay ideas, como se ha demostrado en la farsa de la cumbre de Lampedusa. Hace unas semanas, después del último intento de salto masivo de la valla, el delegado del Gobierno español, que se llama Abdelmalik El Barkani, aseguraba muy compungido que los inmigrantes habían actuado con mucha agresividad. Vaya, qué maleducados, nosotros les ponemos cuchillas para desgarrar su carne, y ellos ni llamar al timbre.

https://www.change.org/es/peticiones/ministerio-del-interior-retiren-de-las-vallas-de-ceuta-y-melilla-las-concertinas-alambres-con-cuchillas

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Acerca de Óscar Torres

Suceso, casualidad, oportunidad, problema... Son tantas las acepciones de caso, que me vienen todas bien. Éste es 'El caso Torres', al estilo de las mejores novelas negras. Mi caso o ni caso, según convenga al visitante.
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